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Pedro Cabrera

Pedro Cabrera

Consultor Senior de Marketing y Comunicación

¡Desenfocate, pariente!

He llegado a la conclusión de que no hace falta ser un erudito, intelectual, filósofo, y mucho menos un life coach, para recibir un consejo de oro. Y eso me ocurrió hace unos días, conversando con un gran amigo beniano. Gente práctica, sin filtro y ocurrente. De profesión, según él mismo se presenta: “ganadero y platudo”. Fue él quien me regaló el consejo que titula este artículo. ¿Por qué?
En noviembre del año pasado, alrededor de las cuatro de la madrugada, me despertó un dolor tremendo en el pecho, como si alguien se hubiese parado sobre mí. Obviamente me asusté, porque el 99% de mis familiares cercanos —padres y abuelos— fallecieron de un infarto. Y para agregarle más agua a la sopa, soy hipertenso y tengo el corazón dilatado (lo cual, por cierto, no me hace ni más bueno ni más malo que nadie).
Inmediatamente pensé en dos síntomas más que podrían confirmar que estaba a punto de partir sin pasaje de regreso: adormecimiento del brazo izquierdo y rigidez en la mandíbula. Por suerte, no apareció ninguno. Así que, de la forma más silenciosa posible —porque detesto preocupar a los demás— me levanté y salí sin que nadie se enterara, rumbo a una conocida clínica privada cerca de casa.
Acto seguido, demostrando coraje pero más asustado que desactivador de bombas con Parkinson, me atendieron de urgencia. Del pasillo pasé directo a una camilla donde me llenaron de cables y otros aparatos que hacían ruidos de submarino. Uno de los doctores de turno, luego de revisar un par de monitores, me dijo: “Tranquilo, no es un infarto. Posiblemente un pico de estrés”.
Y allí, echado en la camilla, en compañía de mi soledad, sin visitas, sin nadie que apareciera, pasé una hora y media mirando el techo blanco e impoluto de la clínica. Pensando. Porque, al igual que usted que me está leyendo, también escuché alguna vez que cuando uno está por “difuntear”, ve pasar la película de su vida. Los momentos más importantes. Aquellos que resumen lo vivido. Y ocurrió algo que todavía me duele el alma mientras lo escribo…
Durante ese largo rato de reflexión solitaria, sin interrupciones, sin otra distracción que aquel techo blanco, no pasó una sola imagen de mi vida laboral. Ni una. Ni siquiera un milisegundo de mis cuarenta años de trabajo y esfuerzo profesional. Ni una felicitación, ni un viaje, ni un premio, ni un reconocimiento. Nada sobre mis cuatro décadas sacándome la… (usted imagine la palabra) en pos del éxito, del prestigio, de la admiración de colegas y clientes, del Dios dinero, de aparecer en revistas o hablar en entrevistas, de figurar en libros serios de marketing y publicidad. Nada. Lo confieso: nada.
Después me dieron el alta —y una docena de consejos para bajar el estrés— y regresé a casa en taxi. Entré a la habitación, me metí lentamente en la cama, y todo pareció volver a la normalidad. Pero no pude dormir. Me encerré en el baño y lloré como un niño durante lo que pareció una eternidad. Porque me pregunté: ¿Y todo este esfuerzo? ¿Tantos sacrificios? ¿Tantos momentos hermosos que me perdí con mi familia, mis hijos, mi madre, mis amigos… para qué? ¿Valió la pena tomarse tan en serio esta carrera interminable por ser un referente o “alguien” en mi profesión? La respuesta fue un NO. Un no tan grande como cartel de vía pública, en plena avenida y con luces de neón.
Por eso, esta obsesión moderna de “enfocarse” y trabajar como caballo cochero —consejo repetido por miles de conferencistas, gurús y autores de toda laya— no creo que sea el camino correcto. Especialmente cuando ese “enfoque” te impide ver todo lo demás que hay a tu alrededor. Como cantaba Julio Iglesias en una hermosa pero triste canción: “Me olvidé de vivir”.
Definitivamente, si usted anda tras “el bendito éxito”, cuidado. Busque un equilibrio con su vida íntima, con lo que ama. El exceso de trabajo no tiene sentido alguno, salvo que momentáneamente necesite salir de deudas. Pero trabajar “enfocado”, sin mirar a los costados, es una decisión peligrosa. Nos consume un recurso no renovable: el tiempo.
Hoy, mientras escribo este nuevo artículo —con el que siempre pretendo reflexionar sobre temas de management— pienso que la experiencia laboral es como un peine que te regalan cuando ya estás calvo. Que lo realmente importante es que, al volver a casa tras un día demoledor “persiguiendo el éxito”, encuentres con quién hablarlo, emocionarte, compartirlo. Y no un perro o un gato, porque no reemplazan eso.
Por eso, querido amigo beniano, gracias por tu amistad y por el consejo que necesitaba escuchar: “Desenfocate, pariente”. Les regalo este consejo, simple y profundo. Desenfóquese, aunque sea un poco. Porque a veces, un poco… es muchísimo.

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